"Por un lenguaje y un estilo que no enmascaren la dominación". Este es el título de un artículo del sociólogo y matemático Emmanuel Lizcano, publicado en el ya desaparecido diario
Liberación en octubre de 1984. En este artículo, Lizcano señala algunas formas utilizadas en el lenguaje para enmascarar la dominación:
- La parte acaba hablando por el todo, las presencias particulares se borran ante sus representaciones institucionales o culturales, lo singular se enajena en lo universal: "Trabajo estudia la supresión...". "Rabat esta dispuesto a reanudar las negociaciones..."
- Sustantivado de la acción ("visionar", "explosionar"): predominio de los sustantivos sobre lo transitivo (la acción, el verbo), del objeto (abstracto) sobre el adjetivo (concreto). Fijación de realidades abiertas y mudables.
- Hipostasiar las realidades y situaciones concretas en conceptos generales abstractos. Sustituir sujetos concretos por sujetos-abstracciones: "El IPC ha experimentado una subida...", "La industria española ha perdido...".
- Los giros impersonales (se elimina el sujeto, el que habla o de quien se habla): "Se observa un aumento...". "Se procede a...".
- Selección de los objetos en las oraciones pasivas: "Policía asesinado...". "Persona muerta a causa de los disparos de un policía...".
- Nombrar de diferente modo unas mismas acciones según sea el sujeto que las cumpla: ¿"detenido" o "secuestrado"?
- "Capitalismo lingüístico" (conversión de todo en mercancía): "La vida ha subido en lo que va de año...".
Otro interesante artículo es el publicado en el diario La Vanguardia por Luis Muiño (2/1/2015), con el título "La manipulación del lenguaje". Os dejo un amplio extracto:
En su libro "LTI: La lengua del Tercer Reich", el filólogo e historiador Víctor Klemperer analizó la importancia que tuvieron las palabras a la hora de imponer el nazismo
en la sociedad alemana. En su texto da numerosos ejemplos que muestran
como la elección de determinadas palabras o frases y su continua
repetición se convirtió en una de las principales técnicas de manipulación
en la época. La LTI (Lingua Tercii Imperii) envenenó las mentes
convirtiendo gradualmente ideas que el imaginario colectivo consideraba
repulsivas en conceptos aceptables.
Un ejemplo es la connotación positiva que fue ganando la palabra fanatismo.
Antes de la llegada de Hitler al poder, el vocablo se usaba
peyorativamente. Sin embargo, los nazis consiguieron que el fanatismo
acabara resultando positivo usándolo en expresiones que sugieren audacia
y compromiso. Se hablaba de “valentía fanática”, de “juramento
fanático”, de “amor fanático por el pueblo”…En los últimos momentos,
cuando ya la palabra había perdido fuerza, Goebbels (el ministro de
Propaganda, diseñador de las técnicas de manipulación
nacionalsocialistas) empezó a hablar de “fanatismo feroz” para añadirle
potencia al concepto.
(...)En nuestro tiempo, los de arriba llaman “indemnización en diferido” a
una nómina que se sigue pagando a un tesorero despedido que amenaza con
contar secretos; “tiquet moderador sanitario” a pagar por ir al médico
de la sanidad pública; “cese temporal de la convivencia” a un divorcio
en la familia real; “desaceleración” a una crisis económica brutal;
“medidas excepcionales para incentivar la tributación de rentas no
declaradas” a las amnistías fiscales para los ricos; “Ministerio de
Defensa” al que se encarga de mandar al ejército a otros países y
“devaluación competitiva de los salarios” a las bajadas de sueldo. La
elección de las palabras sigue siendo decisiva: los que nombran la
realidad controlan cómo entendemos el mundo.
Algunos
rasgos del lenguaje manipulador son los siguientes:
1 Esconder los hechos. Se trata de una jerigonza en la que la realidad desaparece. A veces, el efecto se logra usando tecnicismos
que hacen desaparecer el acto en sí: los ejércitos y los grupos
terroristas, por ejemplo, suelen llamar “bajas colaterales” a los
asesinatos de inocentes que cometen. En otras ocasiones se acude a
variaciones que llevan las palabras polémicas a lugares
donde apenas se perciben. Un ejemplo clásico es la importancia de poner
delante lo vendible y detrás lo que queremos ocultar. Lo sabemos desde
niños: tenemos más posibilidades de éxito si le preguntamos a nuestros
padres “¿Puedo estudiar mientras como chuches?” que si la pregunta es
“¿Puedo comer chuches mientras estudio?”. Y sigue funcionando:
en el referéndum de 1986 para la permanencia de España en la OTAN el
gobierno jugó con la estrategia de “Lo bueno delante” y planteó
en principio la siguiente pregunta en el referéndum: “¿Considera
de acuerdo con los intereses generales de España la permanencia en
la Alianza Atlántica, según la posición del Gobierno arriba
indicada?”.

2 Convierte todos los temas en viscerales.
Aldous Huxley decía que las palabras pueden ser como Rayos X, ya que si
se usan apropiadamente lo atraviesan todo. Para lograr este efecto, es
necesario que tengan connotaciones emocionales. En uno de los libros clásicos sobre lavado de cerebro (Brainwashing. The science of thought control)
la científica Kathleen Taylor nos recuerda que “cuando algo provoca una
reacción emocional, el cerebro se moviliza para lidiar con ella,
dedicando muy pocos recursos a la reflexión”.
El
lenguaje manipulador está preñado de emociones. Un ejemplo es el abuso
de palabras como libertad, independencia, creatividad: los anuncios de
ropa juvenil, los medios de comunicación y los libros de autoayuda están
poblados de frases que utilizan estos vocablos en cualquier contexto
porque son muy efectivos a la hora de activar nuestras emociones y
acercarnos a quienes las pronuncian. Aunque parezca paradójico que los
que quieren convencernos de algo apelen a nuestra creatividad, libertad o
independencia, si estamos sintiendo (y no pensando) nos pueden
convencer de ello.
3 Dispone de un metalenguaje propio.
Escuchar nuestras palabras nos hace ponernos en marcha… aunque no
sepamos para qué. Y eso es lo que busca el manipulador: los adeptos son
aquellos que redoblan los esfuerzos aunque hayan olvidado el objetivo.
Por eso todos los grupos utilizan un léxico propio que los distingue, una jerga que sólo usan los miembros del grupo y prueba su fidelidad a él.
Además,
esas palabras tienen que ayudar a dividir el mundo en exogrupo (los
otros, los malos, los de fuera) y endogrupo (nosotros, los buenos, los
de dentro). Por ejemplo: todos los subgrupos juveniles tienen palabras
que definen a los que no son como ellos. Aprenden a llamar a los demás
“pijos, guarros, frikis, perroflautas” o “empollones” ayuda a crear
camaradería y sentimiento de pertenencia. No importa que el manipulado no sepa explicar por qué esos nombres van asociados con ciertos conceptos
negativos: lo importante es su uso como activador de la conducta del
grupo. A partir de esas etiquetas, se rompe la posibilidad de empatía y
se consigue convencer a la persona de que los malos son siempre los
demás.
4 Carece de contenido.
Sólo hay una manera de no ser criticado: hablar sin decir nada. Por
eso, el lenguaje manipulador recurre frecuentemente a frases humo, expresiones vacuas
que parecen afirmar algo pero en la que ninguno de los receptores
entiende lo mismo. Asociaciones de palabras bonitas del tipo “siempre he
intentado que mi forma de actuar no sea simplemente vivir día a día.
Mis actos se han guiado siempre por valores éticos que son importantes
para el ser humano” son ejemplos de frases así, que pueden ser suscritas
tranquilamente por asesinos en serie, políticos corruptos o
maltratadores. Su ambigüedad permite que el que la escucha crea estar de
acuerdo aunque en realidad no comparta nada con el que emite el
mensaje.
En
esta categoría entran también las expresiones no refutables, que tienen
la ventaja de ser irrebatibles. Por ejemplo: “El mundo se encuentra
dominado por poderes ocultos” es una frase utilizada, en diferentes
versiones, por todos aquellos que buscan manipular. Pase lo que pase es
imposible rebatir esa idea conspirativa. Y eso les permite a aquellos
que intentan imponer miedo pedirnos que dejemos de hacer cosas aunque no
sepamos cuál es la amenaza real.
5 No argumenta. La mejor forma de manipular a los demás es utilizar estrategias retóricas
que permitan convencer sin dar razones para ello. Hay miles de trucos
oratorios o escritos destinados a ese fin. Un ejemplo es la ironía.
Repetir lo que ha dicho otra persona mientras se esboza una sonrisa
sarcástica permite quitarle puntos a ese individuo sin necesidad de
argumentar. Por escrito, tiene el mismo efecto el uso de las comillas:
“El presidente del “gobierno” afirma que… “cuestiona la capacidad de
dirigir del susodicho”, al igual que la afirmación “El escritor que
acaba de sacar una novela…” echa por tierra las habilidades literarias
del citado. Y todo eso sin exponer una sola razón para establecer un
juicio crítico. El lenguaje manipulador evita el razonamiento.
Por
eso, en última instancia, cuenta siempre técnicas antiargumento por si
falla todo lo anterior. Un ejemplo es el uso de la palabra demagógico:
en el discurso maquiavélico se llama así a todo argumento con el que el
manipulador no está de acuerdo. Usando únicamente esa palabra (“eso es
demagógico”) se intenta desmontar lo que dice el contrario sin entrar ni
siquiera a discutirlo. Es la última vuelta de tuerca: el lenguaje que
sirve para que los otros no puedan utilizar el lenguaje.