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21 feb 2023

Los orígenes de la ciencia moderna y el eurocentrismo

 "La ciencia no fue un producto únicamente de la cultura europea. Más bien, la ciencia moderna ha sido el resultado de reunir a personas e ideas de diferentes culturas de todo el mundo. Copérnico es un buen ejemplo. Escribió en una época en la que Europa estaba forjando nuevas conexiones con Asia, con caravanas que viajaban a lo largo de la Ruta de la Seda y galeones que navegaban por el océano Índico. Para su trabajo científico, Copérnico se basó en técnicas matemáticas que toma prestadas de textos árabes y persas, muchos de los cuales acababan de llegar a Europa. También se produjeron otros intercambios científicos a lo largo de Asia y África. Durante este mismo periodo, los astrónomos otomanos viajaron por el Mediterráneo, llevando con ellos unos conocimientos que eran una combinación de ciencia islámica con nuevas ideas tomadas prestadas de pensadores cristianos y judíos. En el África occidental, en las cortes de Tombuctú y Kano, los matemáticos estudiaban los manuscritos árabes importados desde el otro lado del Sáhara. Hacia el este, los astrónomos de Pekín leían los clásicos chinos además de textos científicos en latín. Y en la India, un acaudalado marajá contrató a matemáticos hindúes, musulmanes y cristianos para reunir algunas de las tablas astronómicas más exactas jamás realizadas".

James Poskett muestra en su libro Horizontes. Una historia global de la ciencia (Crítica, 2022) "cómo el desarrollo de la ciencia moderna estuvo condicionado por el intercambio cultural global". Pero también advierte que esta "no es simplemente una historia del triunfo de la globalización":
"Después de todo, el intercambio cultural se produjo de modos muy diferentes, muchos de los cuales fueron sumamente explotadores. Durante gran parte de la Edad Moderna temprana, la ciencia se fue conformando gracias al crecimiento de la esclavitud y los imperios. Durante el siglo XIX, el desarrollo del capitalismo industrial transformó la ciencia. Y durante el siglo XX, la historia de la ciencia se explica mejor teniendo en cuenta la guerra fría y la descolonización. A pesar de estos profundos desequilibrios de poder, personas de todo el mundo realizaron contribuciones significativas al desarrollo de la ciencia moderna".

Antes del siglo XVI, señala Poskett, "los eruditos europeos dependían casi exclusivamente de los textos de clásicos griegos y romanos... Sin embargo, después de la colonización de las Américas, una nueva generación de pensadores empezó a poner mucho más énfasis en la experiencia como fuente principal de la que extraer conocimiento científico. Realizaban experimentos, recolectaban especímenes y organizaron estudios científicos". Asimismo, los europeos entraron en contacto con las culturas científicas de las poblaciones nativas, recogiendo importantes aportaciones de historia natural, medicina o geografía. Durante el siglo XVIII, los estados europeos patrocinaron cientos de viajes de exploración, adjudicándose nuevos territorios y realizando de paso observaciones científicas. "Estos viajes proporcionaron a Newton y a sus seguidores los datos que necesitaban para responder a algunas de las cuestiones más fundamentales de las ciencias físicas".

Intercambio científico entre un erudito chino, uno japonés y uno holandés en el siglo XVIII (Wikipedia)

Las culturas colonizadas por los europeos poseían un amplio conocimiento de la historia natural. El imperialismo europeo, además de la violencia y apropiación que llevaba asociado, explica también el desarrollo de las ciencias de la Ilustración. Especialmente respecto a las dos ciencias más importantes del siglo XVIII: la astronomía y la historia natural: "Sin los imperios, Carl Linneo no podría haber desarrollado su sistema de clasificación biológica, y también dependió de la información recogida durante la expansión de los imperios comerciales europeos en Asia y las Américas".

El uso de las armas atómicas, a mediados del siglo XX, puso fin a las expectativas de una cooperación internacional en la ciencia. En la actualidad, observa Poskett, la ciencia se encuentra en el centro de un conflicto geopolítico que mantiene enfrentados a China y Estados Unidos. El doble impulso actual entre globalización y nacionalismo afecta especialmente a tres campos de investigación científica: la inteligencia artificial, la exploración espacial y la ciencia climática. Un campo científico que refleja claramente este conflicto es el de la genética, donde tras el carácter global, internacional, del Proyecto Genoma Humano, se han desarrollado proyectos gubernamentales que promueven un nacionalismo étnico que intenta comprender a sus naciones en términos raciales (diferenciando grupos étnicos nacionales de otros "no nacionales").

Así, pues, es necesario reconocer la contribución de otras culturas no europeas al desarrollo de la ciencia moderna, siendo ésta el producto de un intercambio cultural más amplio. Pero también debemos ser críticos con la idealización ingenua de la globalización y su historia:

"La historia de la esclavitud, los imperios, la guerra y los conflictos ideológicos condicionaron enormemente el inicio de la ciencia moderna. Los astrónomos del siglo XVII viajaron a bordo de barcos esclavos, los naturalistas del siglo XVIII trabajaron para las empresas de comercio colonial, los pensadores evolucionistas del siglo XIX lucharon en las guerras industriales y los genetistas del siglo XX siguieron promoviendo la ciencia racial durante la guerra fría. Debemos comprometernos activamente con los legados de estas historias en lugar de ignorarlos".

16 feb 2023

La Big Science, la "carrera espacial" y los derechos sociales.

En 1962, el presidente norteamericano John F. Kennedy pronunció un discurso ("We choose to go the moon") en el que defendía un programa millonario en la "carrera espacial" (con la URSS, durante la Guerra Fría), una costosa misión que gastaba dinero público sin medida. A lo largo de los años 60, las encuestas reflejaban que entre el 55% y 60% de los estadounidenses pensaban que el esfuerzo no merecía la pena y que el gasto era excesivo. Las cifras son estas: en 1963, de cada tres dólares que el gobierno gastaba en ciencia e investigación, uno iba para gasto militar, otro para la NASA y otro para todo lo demás, incluyendo investigaciones médicas. Y, durante cinco años, el presupuesto espacial se multiplicó por diez (Fuente: "América contra la Luna del hombre blanco", Rtve). 

Este proyecto de la NASA se incluiría dentro de lo que se ha denominado Big Science, que se desarrolló durante la Segunda Guerra Mundial, con la financiación gubernamental de grandes proyectos militares con perfil científico (Poyecto Manhattan). La Segunda Guerra Mundial a menudo fue llamada "the physicists' war" ("la guerra de los físicos"), dado el rol que ciertos científicos de primera línea jugaron en el desarrollo de nuevas armas e instrumentos, como por ejemplo la espoleta de proximidad, el radar y la bomba atómica. 

 Los resultados de la Big Science, que necesitan de grandes máquinas (y únicas), como los aceleradores de partículas, son difíciles de reproducir. Además, el aumento de financiación gubernamental se traduce con frecuencia en un aumento del gasto militar, en un incremento de la tarea burocrática en el trabajo científico y en la posibilidad de conflicto de intereses con los patrocinadores. Asimismo, se desplaza el acento desde la investigación básica hacia la aplicada. La financiación gubernamental, o privada, impone también en muchas ocasiones la prohibición de compartir los resultados de la investigación, lo que va en detrimento de su mejora colectiva. 

El Nobel de Física Max Born calificó el programa Apolo como un “triunfo del intelecto, pero un trágico fracaso de la razón”. El destino de la humanidad, dijo Born, se encamina hacia una pesadilla porque "el intelecto distingue entre lo posible y lo imposible; la razón distingue entre lo sensato y lo insensato. Hasta lo posible puede carecer de sentido".El físico nucleas Leo Szilard también se opuso a la "carrera espacial": "Es inmoral competir con los rusos para llegar a la Luna y permitir que nuestros ancianos vivan con casi nada".

El activismo afroamericano fue una de las puntas de lanza contra la "carrera espacial. Cuando se clavó la bandera estadounidense en la superficie lunar, veinticuatro millones de americanos vivían aún por debajo del umbral de la pobreza. Gil Scott-Heron, poeta, músico y padrino del rap, grabó en 1970 Whitey on the moon (El blanquito está en la Luna), la canción que puede considerarse el himno de la oposición. 

“Una rata mordió a mi hermana Nell, y el hombre blanco está en la Luna/ La cara y los brazos se le empezaron a hinchar / y el blanquito está en la Luna. / No puedo pagar la factura del médico / pero el blanquito está en la Luna. / Dentro de diez años seguiré pagando / mientras el blanquito está en la Luna. / El casero me subió la renta anoche / porque el blanquito está en la Luna. / No hay agua caliente, ni baños, ni luz, / pero el blanquito está en la Luna. / Me pregunto por qué me ha subido el precio, / ¿porque el blanquito está en la Luna? / Ya le pagaba cincuenta a la semana / con el blanquito en la Luna./ Creo que enviaré estas facturas del médico / por correo aéreo especial / al blanquito en la Luna».

 Para saber más:

 https://www.abc.es/ciencia/abci-cara-oculta-eeuu-ratas-casas-y-blanquito-luna-201907200634_noticia.html

https://elpais.com/elpais/2019/07/17/ciencia/1563381571_988952.html

8 feb 2023

"Ciencia: abriendo la caja negra". Steve Woolgar

Los clásicos de la sociología del conocimiento (Marx, Mannheim y Durkheim) no extendieron sus análisis a la ciencia, que parecía así escapar a la determinación del contexto social. Parecían pensar que el conocimiento sólo puede llegar a ser científico si logra excluir todo factor social. No se trata -señala Woolgar- de que la ciencia tenga sus "aspectos sociales", sino de que la propia ciencia es constitutivamente social. Los principales resultados del estudio social de la ciencia, para Woolgar serían "la inexistencia de una diferencia esencial entre la ciencia y las demás formas de conocimiento, la inexistencia de algo que sea intrínsecamente esencial al "método científico" e, incluso, que aunque existiera algo tal como dicho método científico, gran parte de la práctica científica procede a pesar de sus reglas, antes que a causa de ellas". 

La pregunta filosófica por un criterio de demarcación que permita explicar la naturaleza de la ciencia, su carácter específico frente a otras formas de conocimiento, ha adoptado distintas respuestas: sus resultados, su metodología (el principio de verificación o falsación)... Pero el carácter social de la ciencia hace cuestionable el presupuesto de la neutralidad de las observaciones (interpretables fuera de un contexto social determinado). Además, las reglas del método científico son, en realidad, "racionalizaciones post hoc de la práctica científica, en vez de considerarlas como un conjunto de procedimientos que determinan la acción científica". Se produce, además, al intentar comprender la ciencia restrospectivamente, "la impresión de que el actual estado de conocimiento es el lógico e inevitable resultado de la progresión histórica". Como ya vimos en otra entrada de este blog, referente a la consideración de la teología como ciencia en la Edad Media, "la misma forma de definir la ciencia ha cambiado en respuesta a factores organizativos y sociales sobre los que recae la delimitación de la misma". La misma determinación del estatus de verdad de un conocimiento es un proceso social. 

Desde el programa fuerte de sociología del conocimiento científico, que inaugurara David Bloor (1976), se defiende que "proposiciones matemáticas tales como 2+2 = 4 son un objeto tan legítimo de investigación sociológica como cualquier otro ejemplo de conocimiento": "¿Qué clase de condiciones históricas dieron curso a esta expresión y, especialmente, qué la estableció -y todavía la mantiene- como creencia?". Desde este enfoque, "las formas de lógica, racionalidad y razón son, pues, proposiciones formales que reflejan nuestra aceptación de prácticas  y procedimientos institucionalizados". La lógica, así, no daría lugar a una determinada deducción o prueba sino que, en su lugar, "justifica las operaciones convencionalmente aceptadas que se consideran pruebas". 

La postura objetivista, de existencia de un mundo natural independiente de su representación, se apoya en ocasiones en la metáfora geográfica del "descubrimiento" científico, que presupone la existencia previa del objeto descubierto tras la aventura del viajero (aunque toda observación debe percibirse como algo "novedoso" y "significativo", lo que depende del contexto social de esas afirmaciones, antes de que se le conceda el rango de descubrimiento). Woolgar pone como ejemplos, el "descubrimiento" de América por Colón o el descubrimiento de los púlsares en astronomía. Otra metáfora utilizada por la postura objetivista es la del principio de triangulación, que tiene su origen en la navegación: "la certeza sobre la existencia de un fenómeno aumenta cuando el mismo objeto se contempla desde diversas posiciones". Pero el principio de triangulación presupone "que el conocimiento aparece a partir de representaciones diferentes de la misma cosa", y que "los objetos pueden existir independientemente del discurso". Los hechos, para Woolgar, "son el resultado de las prácticas cognoscitivas, más que sus antecedentes".

Es interesante el análisis que hace Woolgar sobre la estructuración textual y sus efectos sobre las lecturas particulares. Woolgar señala cuatro factores: las instrucciones preliminares (localización, encabezamientos y comienzos del texto), los mecanismos de externalización (cuyo principal efecto es no involucrar la acción humana: haciendo que los agentes humanos reaccionen pasivamente ante un supuesto estado objetivo del mundo o apelando a la comunidad), los mecanismos de conducción (estableciendo vínculos entre el conocimiento existente en el pasado y el estado de hechos actual, cómo estos hechos han sido "capturados") y los mecanismos de secuenciación (mediante el cual se desechan otros caminos potenciales y se acepta la relevancia de los eventos descritos).

Respecto a los estudios etnográficos de la ciencia, Woolgar advierte de la dificultad de enfrentarse a la ciencia como algo exótico, pues la racionalidad científica se encuentra profundamente arraigada en nuestra propia cultura. Los instrumentos y aparatos científicos parecen tener la capacidad de poner "automáticamente" por escrito la naturaleza, pero "se construyen a partir de los principios establecidos sobre los resultados de anteriores investigaciones de laboratorio". "La forma en la que el mundo físico se aprehende, describe y clasifica, depende de la tecnología que hace posible tales actividades". Muchos estudios etnográficos no logran enfrentarse al núcleo del concepto de ciencia: la noción de representación (nuestra habilidad para construir objetividades por medio de la representación: mostrar evidencias, realizar interpretaciones, decidir la relevancia, atribuir motivos, categorizar, explicar, etc.). Es por ello necesaria una etnografía reflexiva que interrogue a la representación, que la tome como objeto de estudio (revelando, por ejemplo, la mano oculta del observador o autor cuando los lectores menos se lo esperan; buscando formas de interrogar al ignorado agente de la representación).

31 ene 2021

Autobiografía de Charles Darwin

Ilustración: Iban Barretnexea.

     En mayo de 1876, Charles Darwin comenzó a redactar su autobiografía. La empezó en respuesta a la petición, de un editor alemán, de una nota sobre el desarrollo de su pensamiento y su carácter, y con la idea de que tal vez pudiera interesar a sus hijos o a sus nietos. En ella recuerda la muerte de su madre, cuando tenía poco más de ocho años, así como su temprana afición al colecccionismo y a la historia natural. Su aprovechamiento de la escuela no fue mucho, prefiriendo los largos paseos, la pesca y la caza. Hacia el final de su vida escolar, pudo aprovecharse del laboratorio de química que su hermano construyó en una caseta del jardín, y que "me mostró prácticamente el significado de la ciencia experimental". Más tarde iría a la Universidad de Edimburgo, por cuya enseñanza no mostraría mucho interés; aunque conocería a jóvenes interesados por la ciencia natural y entraría en contacto con sociedades científicas donde se leían y discutían comunicaciones sobre la misma materia (algo que estimularía su afición, sus lecturas, y le proporcionaría nuevas amistades). 

    Viendo su escaso interés por la medicina, el padre de Darwin le propuso hacerse clérigo, para lo que le envió a la universidad de Cambridge, donde debía formarse en las lenguas clásicas, pero se dedicó a la tarea de coleccionar escarabajos, para lo cual realizaba largas excursiones. En el último año de Cambridge leyó con gran interés a Humboldt y a Herschel, lo que le llevó a planear visitar la isla de Tenerife. Pero tras una breve excursión geológica por el norte de Gales, se le ofreció la posibilidad de un viaje como naturalista a bordo del Beagle, sin recibir ninguna retribución (Darwin contaba con una generosa asignación paterna). "El viaje del Beagle (1831-1836) ha sido con mucho el acontecimiento más importante de mi vida, y ha determinado toda mi carrera", escribió Darwin en su autobiografía. "Siempre he creído que le debo a la travesía la primera instrucción o educación real de mi mente; me vi obligado a prestar gran atención a diversas ramas de la historia natural, y gracias a esto perfeccioné mi capacidad de observación, aunque siempre había estado bastante desarrollada". Junto a la investigación geológica de cada uno de los lugares visitados, Darwin recogió todo tipo de animales, haciendo una breve descripción y disecando muchos de los que procedían del mar (aunque, dadas sus dificultades con el dibujo y la anatomía, no pudo aprovechar suficientemente este material). "Consagraba parte del día a escribir mi diario, y ponía especial cuidado en describir minuciosa y vivamente todo lo que había visto; esto fue una buena práctica". 

    Tras su regreso a Inglaterra, se traslada a Londres (donde sigue participando en las sociedades científicas) y se casa, asentándose definitivamente más tarde en Down (1842), donde se sucedían periodos de convalecencia por su frágil salud y otros de actividad científica, tertulias y visitas (Darwin mantuvo amistad con algunos de los grandes científicos de su época). Sólo fue a partir de 1854 cuando Darwin empezó a ordenar la gran cantidad de apuntes tomados durante el viaje del Beagle, en relación con la transmutación de las especies. Tras numerosas lecturas y conversaciones con ganaderos y jardineros, "pronto me di cuenta de que la selección era la clave del éxito del hombre cuando conseguía razas útiles de animales y plantas. Pero durante algún tiempo continuó siendo un misterio para mí la forma en que podía aplicarse la selección a organismos que viven en estado natural". 

    Tras la lectura del ensayo de Malthus sobre la población, en 1838, Darwin dedujo que la lucha por la existencia determinaba cómo las variaciones favorables tendían a preservarse, y las desfavorables a ser destruidas. Aún así quedaba el problema de "la tendencia en seres orgánicos descendientes del mismo tronco a divergir a medida que se modifican". La solución estaría, según Darwin, en la adaptación a los muy diversos ambientes, siguiendo un "principio de economía" de la naturaleza. La publicación en 1858 del ensayo de Wallace sobre la variación de las especies impulsó a que Darwin publicara en 1859 su "Origen de las especies", considerablemente aumentado y corregido en ediciones posteriores (siguiendo su costumbre de responder a todas las observaciones u objeciones expuestas a sus ideas). En 1871 publica su "Origen del hombre", donde aplica también al ser humano la idea de que "las especies eran productos mutables", que le permite discutir la cuestión de la selección sexual, "un tema que siempre me había interesado muchísimo". El retraso en la publicación de muchas de sus obras era, para Darwin, una gran ventaja, "puesto que tras un largo intervalo, una persona puede criticar su propia obra casi tan bien como si fuera de otro". 

    En 1880 publica, con la ayuda de su hijo Frank, Power of Movement in Plants, donde demuestra la cantidad de movimientos que posee la punta de una raíz y lo adaptados que están, refleja su interés en "mostrar a las plantas a escala de seres organizados.

    Es llamativo cómo, en su vejez, Darwin lamenta su pérdida de interés por la poesía y la música, que antes le proporcionaban placer: "La pérdida de estas aficiones supone una merma de felicidad y puede ser perjudicial para el intelecto, y más probablemente para el carácter moral, pues debilita el lado emotivo de nuestra naturaleza". Respecto a sus costumbres señala que "son metódicas, y ello ha sido de no poca utilidad para mi particular línea de trabajo. Por último, he disfrutado de bastantes ratos de ocio por no tener que ganarme el pan. También mi mala salud, aunque ha aniquilado varios años de mi vida, me ha librado de las distracciones de la sociedad y de la diversión". En relación con sus capacidades, considera que no posee el ingenio "tan notable en algunos hombres inteligentes", por lo que era un mal crítico: "la lectura de un artículo o de un libro, suscita en principio mi admiración, y sólo después de una considerable reflexión me percato de los puntos débiles". También señala sus limitaciones para seguir una argumentación prolongada y puramente abstracta, y en su memoria, "amplia, pero poco clara". Pero destaca su capacidad de percepción y atenta observación, así como su constante pasión por la ciencia natural. Además, señala su temprano deseo de comprender o explicar todo lo que observaba, es decir, de "agrupar todos los hechos en leyes generales"; así como ser incapaz de "seguir ciegamente la dirección de otra persona", y rechazar cualquier hipótesis, "por querida que fuera, en cuanto que se demostrara que los hechos se oponían a ella": "No recuerdo ni una sola hipótesis de primera intención que no haya desdeñado o modificado considerablemente después de cierto tiempo. Naturalmente, esto me ha hecho desconfiar del razonamiento deductivo en las ciencias mixtas."

5 nov 2020

"La ciencia, ese mito moderno"

    E. Lizcano señala en su artículo "La ciencia, ese mito moderno" cómo el inicio de la sociología de la ciencia coincide con "las sombras que la II Guerra Mundial proyecta sobre la ciencia". Pero es en los años 60, con historiadores de la ciencia como Thomas Kuhn o pensadores como Feyerabend cuando surge una nueva sensibilidad que muestra cómo lo social penetra en el interior de los conceptos, las racionalizaciones científicas. Antropólogas como Mary Douglas advierten en la actitud ante la ciencia los rasgos característicos de lo sagrado en las sociedades primitivas. El argumento de su "evidente eficacia", señala Lizcano, "sólo es argumento para quien está ya en esa creencia: no hay cultura que no crea en la evidente eficacia de sus prácticas rituales ni en la rotunda realidad de sus metáforas constitutivas". Entre esas metáforas imaginativas de la ciencia, Lizcano recuerda la de "el mundo como máquina", "lo invisible como materia oscura", "el mercado como autorregulación" o "la sociedad como suma de particulares votantes". 

La ciencia, advierte Lizcano, "aunque se presenta como descubrimiento o explicación de realidades naturales que están-ahí-fuera como preexistentes a la indagación sobre ellas, lo que está haciendo es construir esa realidad, inventándosela, fabricándola". Pero, "la impostura definitiva no está, sin embargo, en esa invención científica de la realidad... Esa ilusión a la que llama realidad, esa imposible componenda entre el mundo en que se habla y el mundo del que se habla". La impostura está en que la ciencia convierte esta ficción en fingimiento, como un lenguaje que oculta y niega su mismo carácter lingüístico.

La ciencia, "pese a que puede ser tan apasionante como cualquier otro ciclo mítico, se ha instalado en exclusiva en el centro de nuestro imaginario simbólico". El mito científico de la objetividad niega otras concepciones o construcciones de la realidad, hace de los mitos y las metáforas objeto de desprecio y desdén. Pero, como señala Lizcano, bajo cada concepto "hay latiendo una metáfora". Así, "basta con sustituir la metáfora cosmos/máquina por la de cosmos/organismo para pasar de la mecánica celeste a la ecología".

"¿Cuántos científicos siguen efectivamente el método científico? ¿Existe tal método en otro lugar que no sea en las mentes de los epistemólogos? ¿Qué pasa con las pseudociencias de ayer -desde la acción a distancia hasta la acupuntura- que hoy son tenidas por ciencia? ¿Y con tanta ciencia que ayer era científica y hoy se ha relegado al olvido o se recuerda como mero residuo de supersticiones superadas?".

En otro artículo, "Aula, laboratorio, despacho: los no-lugares del poder/saber global" (2002), Lizcano cuestiona la "legitimación científica del poder de los expertos", que "sólo puede ejercerse sobre un tipo humano muy especial, un tipo humano convencido de que ni su propia experiencia, ni lo que pueden saber sus iguales, vecinos o compañeros, es fuente de saber digna de crédito; un tipo humano convencido de que la lengua que aprendió sin esfuerzo desde pequeño no es el lenguaje correcto ni apropiado; un tipo humano convencido de que para saber y progresar debe abandonar su lugar y encerrarse en ciertos recintos especiales, separados/abstraídos de todo entorno natural y social; un tipo humano convencido de que el conocimiento se parcela en recintos o disciplinas y de que para cada una de ellas solo ciertos expertos -por supuesto, científicos- tienen voz autorizada (y autorizada, por cierto, por la Administración del Estado).

"La Ilustración exportará, junto a su ideal de escolarización universal, la forma de conocimiento propia de la escuela: una lógica tan abstracta como lo es la escuela, también abstraída/extraída de su entorno (muros, rejas, alambradas) y de las formas tradicionales de transmisión del saber (no curricular, ligadas a las prácticas...)."

12 nov 2016

Verdad y objetividad en la ciencia.

        En un artículo publicado en la revista Investigación y Ciencia (julio, 2015, pp. 54-55), Evandro Agazzi, filósofo de la ciencia señala cómo la crisis de fundamentos de la física y la matemática, entre finales del siglo XIX y principios del XX, supuso una crisis de confianza respecto a la capacidad de la ciencia para conseguir la verdad
       En el mundo matemático, el desarrollo de las geometrías no euclidianas, en las que cada una contenía proposiciones opuestas a las demás, hacía difícil saber cuál era la verdadera, por lo que la conclusión fue que no eran ni verdaderas ni falsas, sino que eran puros sistemas formales hipotético-deductivos sin pretensión de verdad. 
      "En cuanto a la física, los desarrollos de la mecánica newtoniana habían permitido absorber en ella disciplinas como la acústica o la óptica. Pero en las últimas décadas del siglo XIX habían fracasado ya los esfuerzos por reducir a la mecánica los fenómenos de la termodinámica y del campo electromagnético. Además, a comienzos del siglo XX, la teoría de la relatividad y la física cuántica indicaban que incluso algunos conceptos y principios fundamentales de la mecánica newtoniana -que hoy llamamos clásica- resultaban inaplicables". 
"La consecuencia que extrajeron numerosos cientificos y filósofos, empezando por Ernst Mach, fue que la ciencia en cuanto tal no tenía ni la tarea ni el fin de hacernos conocer lo que es la realidad, sino simplemente la función de ofrecernos esquemas intelectuales útiles para organizar nuestras percepciones sensoriales y para hacer previsiones al objeto de decidir nuestro comportamiento en el mundo. Se trataría, por tanto, de un conocimiento sin verdad".
 Pero, entonces, cómo podríamos atribuirle a la ciencia una superioridad respecto al simple sentido común o a discursos imaginarios o arbitrarios? La respuesta que se puede dar, según Agazzi, es que la ciencia es un conocimiento objetivo (como sustitutivo de la verdad). Pero, teniendo en cuenta que cada ciencia se refiere sólo a sus objetos específicos (considera sólo unos cueantos atributos del objeto e ignora todos los demás), la verdad no resultaría eliminada sino que a través del concepto de objetividad "puede ser precisada y defendida".

En una entrevista  a Leonard Susskind, uno de los físicos fundadores de la teoría de cuerdas (Investigación y ciencia, septiembre 2011), éste proponía abandonar la palabra "realidad" y susituirla por la palabra "reproducible", que resulta mucho más útil en física. El entrevistador recordaba también en esta entrevista que "en los años veinte y treinta del siglo XX, los fundadores de la mecánica cuántica se dividían en dos bandos: los realistas y los antirrealistas. Los primeros, entre los que se encontraban Albert Einstein, sostenían que el cometido de la física era proporcionar una imagen mental, por imperfecta que fuera, de una realidad externa y objetiva. Los antirrealistas, como Niels Bohr, afirmaban que esas imágenes mentales se encontraban repletas de atolladeros: los cientificos debían conformarse con realizar y verificar predicciones empíricas".

11 nov 2016

¿Qué es ciencia y qué no lo es?

A continuación podéis ver un interesante documental sobre los límites de la ciencia, emitido en el programa divulgativo tres14, de TVE. En él se habla de la importancia de la Ciencia en nuestra sociedad y cómo es nuestro acceso a ella. También se comentan algunos mitos y leyendas en torno a los científicos y sus hallazgos a lo largo de la Historia. Puedes verlo pinchando aquí.


¿A qué llamamos ciencia?

Tema para el debate:
¿Por qué de hecho se llama ciencia sólo a la investigación de la naturaleza (a la física, a la mecánica, a la biología, a la teoría de la evolución de las especies) y no también a la filología o al estudio de las lenguas y de las culturas (antiguas y modernas), o a los estudios jurídicos, por ejemplo, cuyos procedimientos tampoco difieren tanto de los que siguen los científicos de la naturaleza?

La filosofía: "jugar en serio"

 Platón considera la actividad filosófica como "jugar en serio": tomar en serio cuestiones que generalmente ignoramos (o que consi...