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3 oct 2021

Sobre la actual banalización del mal y la necesidad de mantener vivo el espíritu de resistencia. Robert Castel.

     El sociólogo francés Robert Castel recordaba en un artículo ("A la memoria de Buchenwald", Esprit, 2007) a un profesor suyo que había sido liberado del campo de concentración de Buchenwald (al que había sido deportado por formar parte de la resistencia comunista). Castel señala que estamos siempre en deuda con estos hombres y mujeres que padecieron combatiendo contra la barbarie, y que es necesario denunciar la actual "banalización del mal" y mantener vivo el espíritu de resistencia ("lo que no es óbice para que hoy sea preciso redefinir, es decir, actualizar, todo aquello frente a lo cual es preciso resistir").

"La lección de Buchenwald, traducida a la actualidad, podría ser la de mantenernos vigilantes frente a las formas actuales de discriminación, antes de que sea demasiado tarde para erradicar de raíz las derivas a las que estas discriminaciones pueden conducir, pues aún no conocemos todas las configuraciones que son susceptibles de adoptar. Buchenwald, conviene recordarlo, nos permite experimentar hasta la nausea las implicaciones finales de una lógica de discriminación llevada hasta el extremo. No es preciso temer que esta lógica se reproduzca de forma idéntica, ni que vaya hasta el final, para comprender que una gestión diferencial de este tipo de poblaciones estigmatizadas implica graves amenazas".

    Castel advierte que existen en la actualidad nuevas formas de estigmatizar la alteridad (al otro): "los parados "voluntarios", los asistidos que viven de las cotizaciones de los que madrugan, la gentuza de los barrios pobres, los inmigrantes, los sin papeles, etc., en fin, el nuevo ejército de los malos pobres (...)". Unos nuevos sujetos que son "objeto de oprobio, conformados en el momento actual a través de la resacralización del trabajo y de la patria".


8 may 2021

La crisis del trabajo a comienzos del siglo XXI

Propaganda de "la nueva cultura empresarial".

Es necesario remontarse a procesos históricos de larga duración para poder comprender la actual situación de precarización del trabajo asalariado (Fernando Álvarez-Uría y Julia Varela, Sociología de las Instituciones, Morata, 2009). Para ello podemos partir de la "utopía" liberal que, a finales del siglo XIX, planteó una propuesta de transformación social basada en el trabajo, supuestamente capaz de satisfacer las crecientes necesidades humanas, mediante la producción de bienes y su libre intercambio. Esta propuesta criticaba a las clases ociosas (entre las que estaban la nobleza y el clero del Antiguo Régimen),  y consideraba que vivir sin trabajar era inmoral e incompatible con el derecho de ciudadanía. Pero esta "utopía" liberal fue impugnada ya en sus inicios por testimonios como el de F. Engels, que en La situación de la clase obrera en Inglaterra (1845) denunciaba la violencia de la explotación capitalista en el nuevo sistema fabril. Los pobres de las grandes ciudades industriales desmentían la idea del mercado como solución utópica de la cuestión social.

Ya en el siglo XVIII, el liberalismo burgués había defendido suprimir el trabajo regulado de los gremios y el trabajo forzado, preconizando la "libertad de trabajo". Pero la desregulación del trabajo producía una situación de explotación y miseria en este nuevo modelo de sociedad salarial. Ante esta situación surgieron una serie de protecciones sociales, ligadas primero a la filantropía y luego al Estado.

A finales del siglo XX, con el auge del neoliberalismo, se fragilizaron estas protecciones de los asalariados. El mercado de trabajo se fragmenta, desplazando al sector de la producción, frente al de los servicios. Se desmantela el anterior modelo de Estado social, surgido en los años 50, mediante la privatización de la propiedad social, la desregulación laboral, y un incremento de la diversidad y discontinuidad de las formas de empleo, que desestabiliza y rompe los vínculos comunitarios de los trabajadores estables (R. Castel, La metamorfosis de la cuestión social, 1997). Se impone la flexibilidad y el discurso de la nueva cultura empresarial, la necesidad de dinamizar constantemente el mercado ("innovar"), y crear nuevos consumidores, al servicio de un capitalismo financiero que quiere obtener el mayor beneficio posible en el menor tiempo, sin importar los costes sociales. El discurso de esta nueva cultura de "emprendedores" defiende organizaciones flexibles frente a la jerarquización y burocratización del viejo modelo de empresa. Pero la libertad de cada unidad dentro de la empresa, para alcanzar los objetivos propuestos, oculta que esos objetivos siguen siendo fijados por los que detentan el poder de la organización, que son por lo general difíciles de alcanzar, y que la libertad se reduce únicamente al modo de lograrlos. Por otro lado, aunque propone el trabajo en equipo, no elimina la competitividad individual: una máscara de cordialidad, una ficción de comunidad laboral, debe ocultar los conflictos, que deben ser enfrentados mediante la gestión emocional, psicológica e individual, que nunca pone en cuestión las estructuras de poder en la empresa. La superficialidad de las relaciones laborales y la falta de una autoridad visible (que aunque ejerce el poder evita así hacerse responsable) hacen que los fallos suelan recaer en las unidades y los trabajadores más débiles dentro de la organización. Las protestas o reivindicaciones laborales son señaladas asimismo como falta de disposición a colaborar con "la cultura de la empresa".

La filosofía: "jugar en serio"

 Platón considera la actividad filosófica como "jugar en serio": tomar en serio cuestiones que generalmente ignoramos (o que consi...